Un crimen de lesa humanidad.
Crecer, la idea de una inocencia que imagina el momento de una independencia lejos del nido familiar.
En mi niñez, en una de tantas conversaciones y debates con mis amigos imaginarios y los juguetes que colocaba en círculo conmigo en medio, les hablaba de ese momento: ser grande.
En esos coloquios, siempre estuvo Laura, la amiga que solo yo veía. Mi mente siempre viajaba en el tiempo y con mi inocencia, pensaba que tendría una gran familia y hasta nietos. Pero en ese escenario no faltaban mis inmortales. "Ahí estarán, papi y mami son eternos."
Cuando rezaba en las noches, momento que compartía con mi mamita, mi primera petición era "Papá Dios, cuida a mis papás, que no se mueran ni se enfermen." Mi madre acariciaba mi frente, me persignaba y me daba mi beso de buenas noches.
Mi infancia fue privilegiada. La vida me premió con la mejor familia. Si les pedía las nubes, mi papá hacía lo que fuera para concederme ese deseo. Estoy segura que hubiese buscado la forma y manera de complacerme. Igual mi mamita. Ambos me ofrecieron a diario un derroche de amor, buenos consejos y un hogar donde jamás faltó el amor.
No tuve carencias, pero lo material nunca fue importante para mí.
René Pérez, conocido como Residente, escribió una canción cuyo titulo es su nombre. Entre las estrofas incluye a su madre, Flor Joglar. Debo admitir, que me enternece cuando escucho su coro juntos: "cabeza, rodilla, muslos y caderas". No puedo evitar llorar, pues mi madre siempre se sentaba a mi lado a la hora de estudiar. Se las ingeniaba y componía canciones con los temas de mis asignaturas. Y como toda una maestra lograba atrapar mi atención.
Ya adulta, mi mente se traspola a mis años felices, criada entre montañas y aire fresco. Soy la menor de cuatro hermanos, dos varones y dos mujeres. La chiquita de la casa. Pero no me sentía distinta a la hora de jugar y ver programas en la televisión, cuyas imágenes eran blanco y negro. Aquel aparato gigante se ubicaba en la sala, puesto a propósito para que pudiéramos compartir todos juntos.
Me encantaban los juegos rudos con mis hermanos, moría de amor con los mimos de mi padre y las caricias de mi madre. Disfrutábamos mirando los juegos de baloncesto, el boxeo, la lucha libre de Puerto Rico y una infantil Titanes en el Ring. Jamás faltó el Tío Nobel, Pacheco y el programa detestado por mis hermanos, Menudo. Mi hermana y yo lograbamos colarlo gracias a la intervención de mi papá.
Cierro los ojos y me veo en mi bicicleta, recorriendo aquellas praderas. Las cientos de cuerdas de la finca de mis padres en Caguana, Utuado. Siento nostalgia por los animales de la finca, Plata- un caballo color canario que era el consentido de mi papá- mis perros, el Tanamá donde aprendí a nadar un poco y esa vista de ensueño de mi pueblo. Aquella sábana de nubes que flotaba sobre montañas y que cuando amanece, es todo un espectáculo.
Ya adolescente, viajaba en el transporte escolar, para llegar a la Escuela Superior Luis Muñoz Rivera, que ubicaba a 15 minutos de mi casa (en Utuado todo queda a 15 minutos). Algunas veces nos topábamos con el entrenamiento del maratonista, Jorge " Peco" González. Los que viajábamos juntos salíamos por las ventanas para saludar al orgullo del pueblo, "El Águila de la Montaña".
Llegado el momento, fui a la Universidad de Puerto Rico, recinto de Arecibo, por consideración a mi papá, pues solo teníamos un auto para trasladarnos, un Chevrolet Caprice del '70 color verde, conocido por todos en el pueblo. En ese momento mis papás me dejaban en Arecibo, continuaban su viaje al Colegio de Mayagüez para dejar a mi hermana y continuaban hasta Ponce, para dejar a mi hermano pues cursó estudios en la Escuela de Medicina de Ponce. Luego regresaban a Utuado. Tremendo maratón.
Mi hermano mayor había culminado sus estudios en ingeniería en el Colegio y ya había agitado sus alas y volado lejos del nido familiar.
Ser adulto es algo que se imagina y se vislumbra a miles de años luz. Jamás se considera como una realidad cercana. Muchas veces quisiera llamar al antiguo número telefónico, pero de seguro contestará una voz desconocida.
Aún me confundo y escribo la antigua dirección postal que también fue mi abuelo. De las primeras en el correo de Utuado. Pero ya no queda nadie que me haga regresar. Solo el panteón familiar.
Lucho a diario para hacer ese viaje. Mi hogar de ensueño, mi paraíso perdido. Pero ya será. Algún día, porque aún lucho contra ese juicio personal que acusa el crecer como un crimen de lesa humanidad.

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