Chubasco pasajero.
Me fascina mirar por la ventana. Disfruto el aguacero cuando cae, pero más las gotas que se escurren por el cristal. Al fijar la mirada, en la distancia, voy adaptándome a las circunstancias. Las que llegan para cambiar nuestra historia de vida. Del pasado tomamos las notas o recordatorios dejados sobre la mesa. Esos instantes que, al fin y al cabo son solo eso. Algo así como los rastros de una vela extinta. Ahora tomo mi tiempo cuando veo que el candelero está vacío. Con la ayuda de una pequeña navaja, voy raspando con calma los restos de la cera. Al buscar la pequeña caja guardada en la alacena, noto que está vacía. Lo pienso antes de salir a buscar más. Una, dos, más de tres...el tiempo que sea necesario. De todas maneras, la oscuridad se torna cotidiana. La ausencia de claridad no nubla mis sentidos. Al contrario, utilizo estos momentos para pensar...meditar. La prisa la dejé pasar, ya no tiene importancia. No más cera sobre cera. “La...