Al otro lado de la puerta.
Me armé de valor y pasé el umbral de la puerta entreabierta. Al otro lado encontré lo que solo veía en mi imaginario. Recibí la promesa: un abrazo caluroso y sincero. Más que eso, un beso tenue, sublime y delicado. Y al abrir mis ojos tropiezo con su mirada. Me perdí en la inmensidad de su azul celeste. Fueron los segundos más esperados. Con toda certeza puedo decir que fueron alucinantes. No recuerdo lo que estaba a mi alrededor. Éramos solamente dos. Un recuerdo que embriaga mis sentidos y que en las noches se convierte en una realidad auditiva. Y es que cada palabra de ese ser es como una gota del más exquisito licor preparado artesanalmente. Su musa me embriaga con cada sorbo. Unos cien grados prueba del más ardiente y sensual de los deseos. Y e se licor lleva su nombre impreso.