La última trinchera
-Defender la alegría de la miseria de los miserables(...)
“Defensa de la alegría”, de Mario Benedetti.
“Defensa de la alegría”, de Mario Benedetti.
La felicidad, ese estado en el que sentimos que flotamos, como una hoja en el agua tibia del té. Así como cuando caen de los árboles y el viento las levanta para hacerlas volar.
Flotamos livianas, igual que las bailarinas en el ballet, justo en el momento del salto. Me atrevo a decir que no sentimos el piso.
¡Qué sensación tan extrema y sublime a la vez! Y así como la hoja y las bailarinas, subimos y bajamos.
Nos dejamos llevar sin pensar. Permitimos que ese aire nos acaricie las mejillas y juegue con nuestro cabello.
Tal vez si la ráfaga es muy fuerte y se pone traviesa, puede levantar el vestido que nos cubre.
Es un torbellino de pasiones, de emociones, de sentir la maravilla de la naturaleza. Esa que llamamos amor.
Como el día en que abrimos los ojos por primera vez y nos encontramos con la mirada dulce de nuestra madre.
El amor nunca dejará de existir, aunque las circunstancias cambien y nuestro presente inmediato no sea el mismo. Ese archivo está escrito y jamás podrá ser borrado.
Ese resquicio será reemplazado por el recuerdo, las anécdotas, las conversaciones, las complicidades, la solidaridad que hubo entre las almas.
Aunque la ausencia llegue acompañada de silencio, los buenos recuerdos ocuparán ese espacio físico.
Los sentimientos evolucionan y como la materia se transforman. El estado puede cambiar, pero lo que significa es más importante que cualquier episodio pasajero. Nada, situaciones que tenían que pasar porque eran inevitables.
Lo que se vio con amor y se observa a la distancia, ahora se mira con cariño y puede ser que con nostalgia.
¿Odio? Eso jamás. El que lo asegure, nunca conoció nuestro proceder y conexión con el Universo. Hablando exclusivamente en términos espirituales, eso solo lo sienten los enanos retrasados. El amor trasciende el plano terrenal. Va más allá.
Cuando nos damos cuenta del bien que hace perdonar y ver feliz al otro, es que comprendemos que el amor se antepone y es más importante limpiar el alma.
Lo negativo daña y no debe entorpecer nuestro caminar. Lo que pasó, pasó. Pero el amor propio debe estar por encima de todo y todos. Perdonarnos, perdonar y prohibirnos sufrir por terceros debe ser la defensa de la última trinchera.
Lo negativo daña y no debe entorpecer nuestro caminar. Lo que pasó, pasó. Pero el amor propio debe estar por encima de todo y todos. Perdonarnos, perdonar y prohibirnos sufrir por terceros debe ser la defensa de la última trinchera.
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