Chubasco pasajero.

Me fascina mirar por la ventana. Disfruto el aguacero cuando cae, pero más las gotas que se escurren por el cristal.

Al fijar la mirada,  en la distancia, voy adaptándome a las circunstancias. Las que llegan para cambiar nuestra historia de vida.

Del pasado tomamos las notas o recordatorios dejados sobre la mesa. Esos instantes que, al fin y al cabo son solo eso.  Algo así como los rastros de una vela extinta.

Ahora tomo mi tiempo cuando veo que el candelero está vacío. Con la ayuda de una pequeña navaja, voy raspando con calma los restos de la cera.

Al buscar la pequeña caja guardada en la alacena, noto que está vacía.  Lo pienso antes de salir a buscar más. Una, dos, más de tres...el tiempo que sea necesario. De todas maneras, la oscuridad se torna cotidiana.

La ausencia de claridad no nubla mis sentidos. Al contrario, utilizo estos momentos para pensar...meditar.

La prisa la dejé pasar, ya no tiene importancia. No más cera sobre cera.

“La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta. Solo Dios basta”.  Son las palabras que retumban en mi cabeza y más en estos días.

La cotidianidad no es la misma. Tampoco mi realidad, bueno la de todos.

Aunque pensándolo bien...sí. Siempre estuvo oculta debajo de una sábana de mentiras.

Y así como si fuera un acto de magia, la fuerza de la naturaleza se encargó de tomarla por las esquinas y arrancarla de golpe. ¡Qué equivocados estuvimos siempre!

Ya pasó aquella impresión momentánea, la que fugazmente aturde. Ha llegado el momento del análisis.

Forman parte del baúl de los recuerdos, aquellos días en que se creía ciegamente que la Luna era de queso y que se comía con pan.

Luego de las pruebas intensas de los pasados meses, me tomo el placer de detenerme. No hay prisa. Es mejor reposar y tomar un descanso. Mejor dicho, los que sean necesarios. 

Existen infinidad de alternativas. No tengo que buscar nada porque lo que necesito está aquí, siempre lo estuvo. Tan cerca que no me percaté.

Ya en la tranquilidad y comodidad de mi alcoba algo me dice: “extiende tu mano a la mesa de noche.” 

“¡Albricias ahí estás! Tanto tiempo buscándote y siempre estuviste ahí. La impaciencia no lleva a nada. ¿Para qué perdí tanto tiempo encendiendo fósforos?”.

¿Saben que encontré? La pequeña linterna que mi madre me había regalado hace mucho tiempo. Estuvo tan cerca y no la había encontrado por la urgencia. La que pensaba se merecía el momento.

Ahora reflexiono con más detenimiento. Truena y el Cielo se ilumina nuevamente. Al escuchar ese sonido intenso concluyo: “soy tormenta, soy huracán, soy ciclón. Jamás un chubasco pasajero”.



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