Cruzar el Niágara sin saber nadar

Son muchas las circunstancias que cambian cuando la desilusión viene acompañada de tristeza. Se abre la puerta de la realidad, aquella que se mantenía a un centímetro de cerrarse. Nos paramos frente a la entrada y con un ojo cerrado, nos acercamos poco a poco. Como cuando éramos niños y creíamos que en la oscuridad habitaban monstruos.

La falta de luz impide que podamos ver más allá. Y es que no nos percatamos de lo que ocurre alrededor.  Evadimos a nuestros seres queridos, nuestras amistades. Sí, esas personas que no podemos engañar, pues nos conocen hasta los respiros.

Sonreímos de medio lado, en forma de un cuarto de media luna. ¿Sabes por qué?  No queremos entender que las nubes que se pensaban cerca, ya no están. Que el cielo que se miraba todos los días se cayó con todo y estrellas.

Momentos inesperados, incontrolables, pero necesarios para crecer,  por más dolorosos y desgarradores. No obstante, el paso del tiempo hará que la neblina se disipe y el Sol comience a brillar con fuerza.

El telón subirá, el escenario se iluminará y nuestros ojos se abrirán. La venda caerá y al dar nuestros primeros pasos,  fijaremos la mirada al horizonte. ¡Albricias, hemos sobrevivido otro temporal! Ya todo ha pasado. Es momento de retomar las riendas y dejar de retrasar lo inevitable.

Comprendemos que pertenecemos al grupo de personas nobles, a las que el odio no invade. Y eso jamás, porque la bondad siempre resaltará en nuestro interior. Eso no quiere decir que seamos tontas o tontos.

La piedad, compasión, el análisis y la espiritualidad destacan a las almas reencarnadas. Las experiencias trazadas en más de una vida,  hacen que la evolución sea superior. Lo material no importa, ni los títulos, ni el dinero. En otras palabras, se vive con lo necesario. El reto diario es crecer positivamente como seres humanos, hacer el bien, amar, ayudar y sobretodo, sonreír.

Aprendemos que ocuparse es más sabio que preocuparse. Entonces, parados frente a la puerta y con todo el arrojo, abrimos las alas de par en par. Al retomar el vuelo apreciamos que desde arriba todo es más claro y bonito.

El campo está libre. La aprensión por la oscuridad desapareció. Es hora de abrir nuevos surcos y enfrentar retos.  Es momento de atreverse a cruzar el Niágara sin saber nadar.


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