Ruta trazada
“Dejaré que el tiempo pase y ya veremos lo que trae”. Una frase escrita por el magistral Gabriel García Márquez, en su
libro “Amor en los tiempos del Cólera”.
Una oración corta, certera y esperanzadora.
El paso del tiempo trae ilusiones y
recuerdos, algunos felices, otros dolorosos. Algunos martillan nuestra memoria
para que reaccionemos y entendamos el por qué los vivimos.
Cuando la vida nos presenta lecciones agrias, sentimos que las manecillas del reloj giran lentamente. Más que eso, que el tiempo se detiene y quedamos atrapados en una dimensión desconocida.
Cuando la vida nos presenta lecciones agrias, sentimos que las manecillas del reloj giran lentamente. Más que eso, que el tiempo se detiene y quedamos atrapados en una dimensión desconocida.
Son esos momentos los que deben ser
reflexivos, los que debemos usar para
analizar cada paso que hemos dado. Es cuando nos percatamos que algunas
decisiones no se tomaron a la ligera y que fueron el resultado de un cúmulo de
situaciones. Muchas inmerecidas, que
se presentaron sorpresivamente y que se amontonaron, igual que una pila de rocas en
una cantera.
Como cuando se usa dinamita, escuchamos la explosión y podemos sentir el
crujir de las piedras. Entonces reaccionamos y tenemos dos opciones: dejamos
que la avalancha nos caiga encima o nos alejamos para salir ilesos.
Cuando volteamos la mirada, se intenta
ver el camino que se dejó atrás, pero el derrumbe es de tal magnitud que nos
impide ver al otro lado. Puede ser que busquemos debajo de los escombros, en un
intento por rescatar algún objeto o recuerdo que pueda ser valioso. Pero nuestra voz interior nos susurra que
salgamos huyendo porque podemos resultar heridos.
Es cuando sabemos que la decisión tomada
fue correcta y solo nos queda seguir caminando. No vale la pena voltearse,
¿para qué? El talud de tierra y rocas nos cerrará el paso, tampoco nos dejará ver al otro lado. Lo importante es seguir
con la frente en alto y mirando al Cielo, jamás al piso como lo hacen los
cerdos. Pues corremos el riesgo de tropezar con alguna de aquellas piedras.
Así como avanzan en línea los
granos de arena en un embudo, así debe ser nuestro paso. No quiere decir que
seamos infalibles, lo importante es continuar y aprender de los errores. Al fin
y al cabo son enseñanzas de vida.
Y como el tiempo continúa su curso, así
debe ser nuestro andar. La vida es un soplido, un regalo que no se debe
desperdiciar en odios, malos ratos, corajes ni venganzas. Es menester pasar
cada página de este gran libro, con la certeza
de que lo escrito fue importante y que nos servirá para aprender. A continuar con
más valentía, fuerza y ganas para seguir trazando surcos. Cada cual hará su
labranza, empujando el arado que a su vez será arrastrado por Joscos.
Debemos estar conscientes que no se puede borrar
la página, ni cruzar el montículo de rocas y tierra. Lo vivido no se puede alterar, tampoco olvidar por más que se intente. Debemos
seguir en línea recta, jamás retroceder.
La desesperación por encontrar la luz
del otro lado nos puede alejar de la ruta. Pero si escuchamos atentos y nos detenemos a observar la corriente del río, podremos prevenir ser arrastrados por su crecida.
Así como una vez recorrí la inmensidad de la finca de mis padres, deberé continuar mi paso por el camino de la
vida. El que tengo que seguir acompañada por mis principios, el amor y la confianza que una vez me
regalaron dos soles, que hoy brillan en la inmensidad del Universo.
Recorrer la vida es continuar la ruta trazada, con cautela, paciencia,
pero firme y con la seguridad de que con cada paso se alejan las tristezas. No
debemos esperar nada, todo tiene su momento y espacio. Cada experiencia es
distinta y así la manera en que cada uno la mira. “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la
recuerda para contarla.” De esta forma termino, con otra frase del Gabo,
plasmada en su libro “Vivir para contarla”.

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