Viaje sin retorno
El amor es un sentimiento, una fuerza que tiene el poder de cambiar y transformar lo imposible.
Es una sensación que nos hace superar fronteras y barreras. Lo comparo con un universo infinito, lleno de posibilidades. Simplemente, es la maravilla de la naturaleza.
Cuando lo descubres cambias, creces y te haces fuerte. También más humano. Te vuelves sensible al dolor del otro y a identificarte con la justicia. Provoca, de igual manera, que rechaces el odio, la venganza, la maldad, la hipocresía y la traición.
Agudiza el sexto sentido, ese que tenemos las mujeres que nos hace identificar a las y los que te envidian y no te quieren bien.
Comprendes e internalizas que lo negativo no perdura. Y que, por el contrario, hace que compadezcas al que lleva esa podredumbre en su ser, porque al final se convierte en esclavo y víctima de sus malas energías. Digamos que es un 'boomerang', que gira y retorna a su lugar de origen. Simplemente, porque la maldad y la mentira rebotan y golpean con más fuerza. No hay escapatoria.
Mi madre me decía que lo que nace del corazón se devuelve en bendiciones. Y es así, porque lo he visto y lo vivo a diario.
Pero para llegar a esta plenitud de alma, mente y espíritu, debemos ser consecuentes y no permitir la influencia de terceros. Porque nuestro entorno se puede contaminar si damos espacio para que esa mala sangre nos salpique. Y eso no lo necesitamos.
Son intenciones nebulosas, esas que pretenden que retrocedamos para que se estanque nuestra evolución espiritual.
Cuando el amor falta, la oscuridad nos ciega e impide que podamos ver más allá de lo evidente. Es entonces cuando comprendemos que debemos aceptar lo inevitable y soltar por nuestro bien.
Y es que la vida es una gran prueba. No todo es como quisiéramos que fuera. Cuando intuimos que la apariencia y la mentira nos rodea, entonces lo más saludable es alejarnos. Porque el camino a la felicidad conlleva equivocarnos, enmendar errores y continuar nuestra búsqueda.
Lo difícil es decidirse y actuar. Por ejemplo, comenzamos a cambiar en el momento en que tomamos la decisión de abandonar el nido que nos vio crecer y desarrollarnos. En mi caso, la determinación no se dio por falta de amor, porque tuve a los mejores padres. A ellos les estaré agradecida, hasta el último día de mi existencia.
Se torna un conflicto interno tener que levantar el primer vuelo, ese que nos llevará rumbo a nuestros sueños. El mismo que nos dirigirá a la parada inicial: la Universidad.
La primera experiencia es hospedarse con personas extrañas, sin la comida y el calor de mamá. Confieso que en esos días lloraba todos los días. Y sin que nadie lo notara, llevaba conmigo la funda de su almohada. La olía todas las noches para poder dormir.
Otros optan por irse lejos del amor patrio, del terruño que los vio nacer, para crecer intelectualmente y mejorar su calidad de vida. Igual pasa cuando cambiamos de concentración, de casa o de trabajo.
Cuando abrimos las alas, ese primer vuelo es inseguro, tembloroso. Planeamos de acuerdo al viento, nos movemos y hacemos malabares para continuar el rumbo trazado.
Porque para crecer y ser más fuertes, tenemos que pasar por una serie de experiencias, de vivencias que nos cambiarán para siempre.
Aquella joven inocente, que salió de su hogar, poco a poco se convirtió en una mujer con más conocimientos, segura, sin temores y por supuesto más aguda y desconfiada. Ya identifico a esas y esos que llegan con una sonrisa forzada, las y los que suben el tono de la voz para llamar la atención y los que no miran a la cara.
Y es que, como toda mujer, la suspicacia se desarrolla y el sexto sentido se hace más certero. Ya se conoce a leguas la doble intención.
Se vuelve risible toparse con personas a las que un día se decían tus amigas y/o amigos, a los que les hiciste favores y hoy cuando se percatan que estás cerca, bajan la cabeza como avestruces y en el peor de los casos, se mudan de asiento. Las y los pobres diablos, los de pobreza de espíritu y alma podrida.
Ver que no soy así me engrandece, porque sé que voy por el camino correcto. El mismo que trazaron mis padres en los surcos de mi crianza. Sencillamente, porque no le bajo la vista a nadie. Mi madre siempre me decía: "Nati nunca bajes la cabeza. Me escuchas bien, ¡a nadie! Al piso miran los cerdos. Mira hacia arriba, al Cielo. Allá está la grandeza de Dios". "El que nada debe, nada teme", me repetía.
Esos consejos llenos de amor hacen que domines y manejes la intensidad del viento. Y así podemos movermos de acuerdo a su velocidad. Las alas se mueven con destreza, maestría, seguridad, acertividad y firmeza.
Como todo en la vida, el aprendizaje es lento. El camino no es fácil, pero con el tiempo vamos adquiriendo riqueza interior, sabiduría y tranquilidad de espíritu. Las herramientas que nos servirán de guía en el camino.
Y es que en la selva de cemento, como se le dice a la ciudad, se torna todo distinto. Ya no más el entorno amable, tranquilo y amoroso del campo. Aquí el más fuerte o vamos, el más sinvergüenza sobrevive.
Es necesario entonces distinguir entre gente con clase y clase de gente. Y no me refiero a dinero, hablo de riqueza interior.
De eso se trata la vida y las situaciones que la rodean. Formamos una coraza para protegernos de ataques infundados, traiciones y golpes rastreros.
Y así continuamos nuestro rumbo. En mi caso, haciendo el bien, siendo solidaria con causas justas, pero siempre alerta de los vampiros de energía y felicidad.
La vida es un obsequio que no debemos desperdiciar en asuntos que nos drenan y dañan.
Una frase que se le atribuye a Eleanor Roosevelt, describe a perfección el mensaje que quiero llevar.
"El pasado es historia, el futuro es un misterio, pero el hoy es un regalo, por eso se llama presente".
A este pensamiento añado: vive intensamente y lucha por lo que amas. No importa el tiempo invertido. Pase lo que pase, siempre será ganancia. Si resulta, valió la pena. Si no, aprendiste que la felicidad del otro debe ser la tuya.
De nuevo, no todo es perfecto. Pero al mirar atrás te percatas que vas en la dirección correcta. Te diriges rumbo al viaje sin retorno.
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