Surcos

Mi madre me dijo una vez que los imposibles no existen, que son ideas que se forjan en la mente y que algunos terminan por aceptarlos porque desconfían de sus capacidades.

Mientras los años pasan y la calle se va poniendo dura, me doy cuenta del 'entrelineas'. Esas palabras ocultas, las que tienen un significado que de momento no se capta.  Las que van adquiriendo forma poco a poco, a medida que dejas la inocencia atrás. Es en ese momento, cuando abrimos los ojos y la luz nos enfoca, al punto de cegarnos.

Una vez pasa ese instante, la niebla se disipa y podemos captar lo que ocurre. Lo que está frente a nuestras narices y nos negamos a aceptar. Y es que las circunstancias obligan y a veces es difícil entender. Pero poco a poco, la realidad va tomando forma.

"Tienes que ver más allá de lo evidente, de lo que quieren que creas". Palabras sabias y fuertes. Más para una niña que las recibía desde muy temprano y que en su inocencia no entendía. Y mientras más se repetían, más me intrigaban.

Nunca dudé de aquella voz tierna que me inculcaba poco a poco su amor patrio, con mucha paciencia, así como el que crea una figura de arcilla. Los momentos fueron estratégicos y puntuales.

Mi desarrollo avanzaba y así las enseñanzas que llegaban a través de una voz melodiosa, pero firme.

"Tienes que estar lista Nati. Lo sabrás en su momento." Me repetía una y otra y otra vez. "Cuando suceda lo sabrás." Nuestras miradas se entrelazaban.

Mis ojos verdes curiosos se fijaban en ese gesto sabio y maternal. De inmediato, su dedo en mi nariz, el beso en la frente y el "duerme que mañana es otro día."

Los días avanzaban y las frases intrigantes e inteligentes de mi madre, calaban cada vez más en mi fértil conciencia.

Sin notarlo, desde temprano, otro mundo fue tomando forma. El contraste lo formaban las conversaciones que escuchaba a través de la ventana. Venían de los trabajadores que llegaban temprano para comenzar la faena en la finca de mis padres en Caguana, Utuado.

Y es que mi papá tenía la responsabilidad de mantener nuestro hogar y el que siempre fue suyo, pues nació en ese paraíso. Se levantaba todos los días a las 5:00 a.m. Se encargaba de cada detalle. Su capacidad para manejar la faena diaria era extraordinaria. Podía hacer múltiples tareas a la vez. Su inteligencia  para las matemáticas era impresionante, así como su paciencia con los peones.

"Don Cheo, ¿y ahora qué hacemos?, preguntaban a mi padre. "Móntense en el 'Jeep' y les voy explicando en el camino que vamos lejos.", les contestaba mi papá.  Y así, todos los días mi papá les repetía las tareas. Cortar alambres, insertarlos en los espeques (pedazos de madera para ser hacer verjas),  limpiar las jaulas de los becerros, alimentarlos,  mudar el ganado a otro cercado (otro predio de terreno),  llevar los toros al cepo (lugar donde se vacunaban, bañaban, se marcaban con carimbo, se les ponían pantallas y se les daban las vitaminas en forma de bolos gigantes y se les cortaban los cuernos).

Era marcada la diferencia de las conversaciones que llegaban a través de la ventana y lo que mi madre me inculcaba. A los trabajadores mi padre les daba órdenes y les reiteraba lo que tenían que hacer. Fueron tantas y repetitivas, que una vez, desde mi camita, dije al unísono con mi papá, "eso no es lo que te estoy diciendo". Ya sabía la frustración de mi padre, lo notaba en su tono de voz.

Aquel campo hizo única mi niñez, diría envidiable. Desde muy pequeña recorrí aquellas cientos de cuerdas de extremo a extremo. Cierro los ojos y aún me veo con cinco o seis años, corriendo y caminando sola por aquel terreno gigante, mágico, con un clima frío, el que me hacía sentir segura porque era mi hogar.

Lo tuve todo. Al alcance de mis manos acaricié todo tipo de animales: caballos, vacas, toros, becerros, conejos, cabras, cerdos, gallinas...la lista era larga y diversa. Eso sin contar,  la infinidad de perros y gatos que siempre me acompañaron. Los que me conocen saben de algunas maldades que hacía y ellos eran mis cómplices. Tantos árboles que escale y de cuantos otros me caí. Por supuesto, eso nunca lo dije. Sabía que encima del golpe podía llegar el regaño.

Me encantaba sentarme a la orilla del Tanamá, que cruzaba los límites de la finca de los Ramos, sin importar los puntos marcados. Iba por toda "La Vega", como le llamaban a ese trecho inmenso y extenso.

"Mucho cuidado Nati. Cuando veas el río revuelto te sales de inmediato porque viene una creciente." "Tan pronto comiences a ver hojas y ramas revoloteando con rapidez, es que está bajando la crecida. Y viene de río arriba." Eran las advertencias de mi padre, un hombre robusto, grueso, de voz fuerte, ojos verdes y manos grandes. Pero que cuando se acercaba a su "pulguita", se tornaba delicado, ¡y cómo le gustaba revolcar mi cabello y jugar con mi pelo lacio! Éstas hebras que muchas veces estaban enredadas, pues me negaba a peinarlas, a pesar de la insistencia de mi madre.

"¡No necesito peinarme, el pelo se acomoda solo, es lacio!", le decía a mi madre mientras corría, huyendo de aquel cepillo despiadado,  que amenazaba con desenmarañar los nudos que con tanto esmero había conservado.

Y aún los veo, aunque no estén conmigo. Cada uno hizo su parte en mi crianza. Ambos fueron figuras importantes, pero mi conexión especial fue con mi madre. No sé cómo explicarlo, no existen palabras.

Cheo y Rosa lograron una buena cosecha. Por un lado, "Moncho" me hizo de carácter fuerte, me enseñó a defenderme de los que se atrevieron a insinuarme alguna falta de respeto o a intentar tocar uno de aquellos nudos en mi pelo.

"Nunca te dejes Nati. No permitas que nadie te haga daño, por pequeña y flaquita que te vean. Cualquier cosa me avisas." Y saben, nunca hizo falta. Madelyn y Esmeralda, mis mejores amigas y hermanas de vida, siempre estuvieron en mi círculo de defensa.

Mientras, Rosita me inculcó otra fortaleza, una que es intangible, pero que me ayudó a entender lo importante: solidaridad, hermandad, amor al otro y a nunca olvidar a los que me ayudan. Tampoco al que traiciona, porque aunque se perdone lo hará de nuevo.

Estratégicamente, mi madre me abrió los ojos a la realidad histórica, este amor patrio que va más allá de levantar el puño izquierdo y tararear un himno revolucionario, que muchas y muchos no saben ni siquiera lo que dicen esas estrofas. Gente que emula como reses lo que hacen otros. Los que por conveniencia, se pasean entre algunas personas y que lamentablemente muestran a diario su pobreza interior,  pues su único interés es abrir la boca para hacerse notar.

¡Qué afortunada fui! Me criaron los mejores, lo reitero y pago lo que sea. "Lo que viene del corazón no busca protagonismos y se hace por lo bajo. Nadie tiene porque enterarse."  "Ojo pela'o Nati, el que quiere destacarse, el que fanfarronea mucho, ese, ese siempre tiene algún propósito oculto. Y de esas o esos cuídate. Ya los verás, son los que te pasan la mano, se ríen contigo y por detrás te clavan el puñal."  Fueron algunas de las advertencias que ambos me hicieron.

Tanta sabiduría, que ahora en mi madurez veo y aplico todos los días. Cada una de sus lecciones las veo, así como el rollo de una película puesta en un carrete. "Cuadro por cuadro".

Al pasar el tiempo, muchas cosas cambiaron. Mis padres no están, pero los recuerdos y sus enseñanzas permanecen intactos. Igual que el carimbo ardiente con el que se marcaban los toros.

La zafra está en su punto, igual que aquella caña en la finca,  cuyo último corte hizo mi padre.

Está en cada una y uno de nosotros plantar las semillas silvestres de Albizu, porque así es el independentismo, silvestre.

El arado está en proceso, arrastrado por Joscos bravos. Los surcos están quedando perfectos y derechos, pero aún necesitan dirección.

Nosotras y nosotros tenemos el germinado. Las raíces, fuertes y derechas, así como me lo enseñó mi madre.

El momento se acerca  y las que estamos listas y listos actuaremos, cada cual desde su trinchera. Los demás se unirán poco a poco, tan pronto el miedo se disipe y vean como se están dando los resultados.

Confío en la nueva labranza, porque el terreno es rojizo y la tierra es idónea y fértil.

Falta la o él que dirija los Joscos, pero como toda lideresa o líder, aparecerá en el momento justo.

La fe mueve montañas  y los grandes héroes de la Patria están pendientes y desde otro plano confabulan para el bien. De eso estoy segura.




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