In(mar)cesible


La vida es un proceso evolutivo. Nacemos, crecemos y morimos. "Para piedra no nacimos Nati", me decía Rosita, mi madre.

El intermedio es duro, intenso, pues aprendemos a golpes y no necesariamente los físicos.

Como las olas del mar, las situaciones van y vienen. Algunas llegan para poner nuestro mundo de cabeza. Otras para llenarnos de alegría.

En el momento que aprendemos de esa enseñanza, positiva o negativa, nos enriquecemos de nuevas experiencias. Pero cuando los problemas se alejan, sentimos alivio. Es como si dijéramos: ¡prueba superada!

Por el contrario, desfallecemos cuando vemos partir la felicidad, lo más que amamos y daba sentido a nuestra vida. La misma que llenaba ese espacio interior y  hacía que nuestro corazón bombeara sangre a toda velocidad.

Cuando queda ese hueco, pensamos que nada será igual y que la vida es injusta. Siendo honesta, ese pensamiento que nos martilla la cien: ¿por qué a mí coño?

Ésta pregunta nos sacude cuando hacemos el bien a los demás, cuando no esperamos nada a cambio. Lo entregamos todo y de repente quedamos sin nada.

Por mencionar un ejemplo. Mis padres ocupaban todo mi tiempo. Los visitaba, compartía con ellos en fechas especiales, hacía sus compras, los ayudaba y tantas veces que, junto a mi hermana, los cuidé en el hospital.

Sentía que me ahogaba en un tsunami cuando ellos no estaban bien. Hice todo cuanto estuvo en mis manos. Pero esa ola gigante se alejó y me los llevó.

Mi vida quedó como los lugares arrasados por esa inmensidad y furia del mar. Así fue creciendo éste hueco en mi pecho, que cada vez se hacía más y más profundo, como si fuese a partirme en dos. A medida que el tiempo pasa, la herida también se achica. Admito que aún está en proceso. Pero poco a poco, como el que vive un día a la vez.

Mientras voy soltando, voy aceptando. Lleno mis días meditando sus enseñanzas. Y esa es la herencia más grande que pudieron haberme dejado. Lo material no perdura, pero los sentimientos quedan.

Mi hermana Rosita y yo los extrañamos demasiado. Aquellas bromas interminables de Cheo, sus carcajadas pegajosas y su cara roja cuando se enojaba. De mi madre, su rostro amable, tierno, sus manos suaves, su calor y su rico olor. Ese que me encantaba cuando la abrazaba y me quedaba pegadita en su cuello. De ambos sus consejos y sabiduría.

Y así quedamos, desolados cuando vemos a esa masa de agua salada llevarse lo que más atesoramos.

Así como las tristezas, las alegrías van y vienen. Y son esos momentos lo que debemos conservar en nuestra memoria. No existe tsunami que pueda arrancarnos esa fortuna inmaterial. Lo importante es mantenerse de pie, como los árboles en el bosque,  después que enfrentan un fuego o un huracán.

De momento se destruye todo, pero nuevamente resurgen con más esplendor y belleza.

Así quedaré, sin marchitarme pues soy una de las flores del jardín de Rosita.  La piel podrá arrugarse, pero el alma y el corazón jamás, esas quedarán inmarcesibles.

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