Caminar sin voltearme

¿Se puede caminar sin mirar atrás? Pues en realidad no es tan sencillo. Muchas veces una quisiera regresar al pasado y vivir momentos gratos. Como aquella época de infancia, cuya única preocupación era ser feliz con lo que se tenía a la mano. 

Aunque no poseía muchos juguetes, no me hacían falta,  pues mi imaginación volaba a la velocidad de la luz. Me ayudaba el escenario: aquella finca de más de cien cuerdas, enclavada en las montañas del Otoao. En realidad, era o es un paraíso prometido que hoy está en buenas manos.

¡Qué aventuras, qué tiempos de intensidad emocional, travesuras y de inocencia! Y porque no, de aquel calorcito maternal que me arrullaba. Ese amor único que no sentiré jamás, pero que me hace suspirar de nostalgia cada vez que la recuerdo, pues ahora me mira desde arriba.

Les cuento que en mi niñez tuve al mejor amigo, Morgan; un perro de raza collie. En casa nunca lo consideramos una mascota, era parte de la familia, pues entraba y salía como uno de nosotros. 

Junto a Morgan, caminé sin temor por todos los senderos de la finca Ramos. Tanto él como yo, nos sentíamos seguros y en buena compañía. Ambos conocíamos los trechos de aquella inmensidad campestre.

Morgan era tan feliz como yo. Juntos nos sentábamos en cada quebrada o riachuelo que nos encontrábamos en el camino. Él aprovechaba para beber agua y darse un chapuzón. Yo me divertía mientras lo veía jugar. Al final era mandatario zambullirme con él,  pues me ladraba cuando me veía muy distraída.

La temperatura del campo era idónea. Y el sol nos hacía el favor de secarnos, mientras continuábamos el paso. 

Aunque físicamente me veía pequeña, mentalmente me sentía madura. No es para menos. Soy la menor de cuatro hermanos y el primero de ellos me lleva casi diez años. Mi nacimiento es como mi nombre, un Milagro. Fui la felicidad no esperada para mis padres. No lo digo por alardear, es que tuve y tengo una forma de ser jocosa y espontánea. Pero honestamente, también di muchos dolores de cabeza, porque en la escuela no podía mantener mi boca cerrada.

Un buen día, un vecino de la escuelita de Caguana donde estudié mis grados primarios, le preguntó a Cheo que si en el salón había más niñas con mi nombre. Cuando mi padre le aclaró que no, el hombre exclamó con exagerada entonación: "¡Ah, pues yo pensaba que eran como 20 Natalia’s, es el único nombre que escucho!".

Moncho me miró y suspiró. "Sí, así es ella." A diferencia de lo que hubiese esperado, mi papá solo sonreía con mis cosas. "Ay Nati, que haré contigo. Pues, quererte. Eres especial", me decía mientras me daba un beso apretado en la cabeza. Y en mi mente retumbaba un: "¡fuiu, me salvé otra vez!".

Debo admitir que aquella época fue mágica. Desde el primer día tuve la complicidad de Madelyn, mi hermana de vida. 

¡Qué mucho nos divertimos y reímos juntas! Aún en nuestra 'madurez' seguimos con la misma pavera. Emy llegó un tiempito después y así nos convertimos en un triángulo.  El mismo que se transformó en un círculo de amor, cariño, respeto y solidaridad.  

Hasta el día de hoy, continuamos igual y doy gracias por ello, porque soy bendecida y afortunada al tenerlas.

Mientras, la vida sigue su camino. Algunos más empinados y entrelazados que otros, igual o más inmensos que los de la finca. 

A veces es difícil encontrar la senda y se vuelve nostálgico no poder regresar. Pero,  como me repetía mi madre: “Siempre hay una enseñanza, por más inmenso, pedregoso e interminable que parezca.”

Caminar sin voltearme, es difícil, mas no imposible. Poco a poco, sin prisa pero sin pausa. Y seguiré, como lo dijo el gran poeta sevillano, Antonio Machado:  

Caminante, son tus huellas el camino, y nada más; caminante, no hay camino: se hace camino al andar. 

Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.  Caminante, no hay camino, sino estelas en la mar.”


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