Un día a la vez.

Es difícil reparar la porcelana, una vez se resquebraja. Su textura jamás será la misma.  Su antigua suavidad es interrumpida por las hendiduras,  por más que se intente corregir el daño.

El ejemplo lo he escuchado miles de veces. Sin embargo, es la forma más exacta para expresar el mensaje que quiero llevar.

Así también sucede con las heridas físicas después de un golpe,  provocado por un accidente. Pueden quedar cicatrices perennes.

Algunas nos acompañan desde la niñez.  Más, si fuiste una niña inquieta, como la que les escribe.

Pero más allá del dolor físico,  está el del alma. Y ese,  tarda más en sanar y es indescriptible.

Va más allá de los sentidos,  de lo evidente.  Parece interminable,  eterno.  Quebranta todo,  nos cambia la vida y pone nuestro mundo al revés.

Una despedida,  una separación,  una enfermedad severa, la muerte.  El proceso curativo es más lento y tiene su momento y espacio.  Se logra con paciencia,  meditación y soledad. Y llega justo cuando nos rencontramos con nosotros mismos. 

Pasamos por los cinco ciclos identificados por los estudiosos de la conducta humana: pérdida, desesperanza, ansiedad, aceptación y finalmente superación.

No todos los casos son iguales, son distintos.   Así como las personas que los experimentan.  

Pero siempre se pasa por el mismo ciclo.  Es un duelo para todas las partes.

Llegar a la aceptación no es sencillo.  Para alcanzar esa meta, tenemos que atravesar otros procesos, un tipo de retiro espiritual.  Necesario para poder enfrentar el dolor, fortalecer el alma y el espíritu.

Todas las pérdidas son dolorosas. Sin embargo, se torna distinta cuando es provocada, adrede, premeditada.

La separación, esa ruptura que te aparta del ser amado es terrible.  Más,  cuando se tienen sentimientos fuertes,  lazos que deben soltarse por el bien de las partes.

La enfermedad es igualmente inesperada, si la muerte termina llevándose lo que más amamos.

Y aquí hago un alto.  Porque cuando el fallecimiento es sorpresivo, causado por un accidente o asesinato,  es devastador.  Te arranca todo de una vez. Igual que una planta que se saca de raíz.

Todo termina de un golpe y porrazo.  No quedan alternativas posibles.  No hay mensajes, llamadas, visitas o encuentros inesperados.  Esos que te mueven el piso y hacen que tu ser tiemble de arriba hacia abajo.  Cuando ambos se funden en un abrazo, en un instante que congela el tiempo.

Existe un velo de misterio que rodea a la muerte. Ese proceso desconocido,  del que pocos regresan con historias. 

Unos utilizan la mitología o sus creencias para buscar respuestas a esa incógnita. 

Por ejemplo, puedo mencionar “La Parca”, una figura de la era romana,  representada por un esqueleto vestido con una capucha negra.  De igual manera,  se identifica en algunos pasajes bíblicos al “Ángel de la Muerte”. 

De esos mismos textos se habla del “Abbaddon” (El Destructor). Su verdadera identidad es un enigma. Pero se asocia con el “Ángel del Abismo”. 

Otros dogmas sostienen que el espectro de la muerte es sólo un “Psicopompo”. Es decir, una figura que tiene el papel de conducir a las almas hacia la ultratumba, cielo o infierno. El ente corta los últimos lazos con la vida,  para que el espíritu se desprenda del cuerpo y así guiarlo al otro mundo. 

De todas formas,  aunque se busquen explicaciones,  no bastan las palabras para consolar o aliviar el dolor de ese desprendimiento.

El tiempo,  la paciencia,  la meditación,  la templanza y al final,  tener que conformarnos porque sí. No hay de otra.  

El apoyo de un grupo selecto de personas puede ayudar al tránsito de la aceptación. 

Primero tenemos que atravesar el tormento de  la negación. Más, cuando se trata de una persona amada, querida, con una vida y futuro prometedor.

Tengo un caso cercano.  Una persona que en poco tiempo pasó de conocida a amiga.  Y en un chasquido,  se convirtió en mi consejera.

Tantas conversaciones inconclusas.  Repaso una y otra vez, esas oraciones que quedaron grabadas en mis mensajes privados. Buscando desesperadamente una respuesta del más allá. 

No obstante, me enfrento con la cruda realidad de que ella no está.  Ya no cuento con su sabiduría, que movía mi conciencia y me hacía entender que me ahogaba en un vaso de agua.  

Su picardía,  sentido del humor, sinceridad,  inteligencia, honestidad, cariño y amor eran incomparables. 

Le arrebataron la vida en un acto vil,  repugnante. Muchas interrogantes quedaron sobre la mesa.  

Es su caballero el que lleva la carga más pesada.  Porque, no sólo tiene que manejar su dolor, sino también esclarecer un crimen, supuestamente “resuelto” por las autoridades.

Existen cabos sueltos, que dejan entrever que su asesinato fue provocado por su sentido de la justicia. La misma cuyo símbolo es una dama con ojos vendados, una balanza en una mano y en la otra una espada. 

Lo terrible es que esa venda oculta la verdad. Y nuestra “Dama de la Justicia” aún espera. 

La esperanza es que al fin y al cabo, todo se sepa. Que la verdad brille para la sanación de sus seres queridos y el consuelo de los que la amamos inmensamente.

Ese día llegará, no importa los obstáculos. Aunque el trayecto parezca interminable,  más no imposible.  

¿Cuándo?  No sabemos.  Lo cierto es que la oscuridad desaparecerá y la luz volverá a iluminar los ojos vendados de la “justicia”.  

Será poco a poco. Sin prisa, pero sin pausa.  Así como se vive un día a la vez.

* Dedicado al incansable Fermín Arraiza Navas y a la siempre amada, Francelis Ortiz Pagán.

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