Sonidos, letras, acordes y cuerdas
¡Qué pequeños
somos! No me refiero a tamaño. Tampoco a la edad cronológica de nuestro
reloj corporal.
Me refiero
más bien a la Señora Naturaleza, al
Universo y sus infinitos misterios.
Tantas
cosas por descubrir, por hacer, por enseñar, por aprender.
Son muchas, por no decir demasiadas, las personas que piensan que por tener muchas
tonterías materiales, lo saben todo.
Los que se creen seres humanos superiores. Digamos los mejores que nadie.
Para mí, humano
es aquel que se deslumbra con un amanecer,
con un atardecer, con las
lloviznas de la mañana. Con ese olor a
humedad tan distintivo que se asoma después de un buen aguacero. De esos que te obligan a envolverte entre sábanas
y frazadas calientitas. Y si se tienen
muchas almohadas, mejor.
Yo enloquezco
con ciertos detalles que llegan a través de ondas. Las que invaden sorpresivamente los orificios
muy bien puestos a cada lado de mi cabeza.
Puedo
mencionar el revoloteo de las aves, el alboroto de las cotorras o pericos (como
deseen llamarle) cuando se amontonan en los árboles frutales en nuestro Primer
Centro Docente. Vamos, la IUPI.
Ese estruendo del viento cuando sopla con fuerza,
tanto que te revuelve el cabello y hasta, en sus travesuras, te levanta el vestido.
El sonido
de la noche, los coquíes, múcaros,
grillos y otros tantos que,
cuando se unen a coro, casi no se
pueden distinguir.
La armonía de los acordes de una guitarra. De los
dedos cuando se mueven de cuerda en cuerda.
Los que con agilidad y habilidad logran crear notas musicales. Algunas llegan con letras, otras solo con una palabra: amor.
¡Qué bonito
suena y se siente! Más cuando pulula por
los rincones pretendiendo llamar tu atención, cual niño inocente.
Así como el
resto de los sonidos de la naturaleza,
también se vibra con la voz, con
el susurro y porque no, con unas cuerdas
vocales que inspiran cuando entonan letras, poesías, canciones.
Escribo lo
que siento, ni más ni menos. A veces
quisiera que esos sonidos que llegan desordenados a mi cabeza, pudieran ponerse en fila india. Llegar con una dirección fija. Listos para atraparlos y recogerlos entre mis
dedos cuando escribo.
No siempre
es así. Muchas veces llegan notas
sueltas, así como los sonidos de la
naturaleza y las cuerdas. Los mismos que me hacen
sentir pequeña, más que el saltarín que
descubrí y que no puedo olvidar.
*Inspirado en mi amor platónico Joaquín Sabina. También en mi José Juan. Junto a él descubrí que los sonidos de la naturaleza son la melodía que nos regala el Universo.

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