"Aún no"



Hace tiempo no escribo.  No es pereza, tampoco falta de interés. Son estas ganas que me abandonan,  que me hacen desfallecer.

Antes la vida era todo un ajoro, como el ciclo de una máquina que no tenía fin. Terminaba algo y de inmediato aparecía otra cosa.  No era para menos, mis padres ocupaban todo mi tiempo. 

No faltaban las llamadas diarias de mi madre Rosita. De fondo se escuchaba a Cheo, mi papá.  Siempre quejándose por algo,  por más minúsculo que fuera.

Pero mi Rosita,  mi flor,  siempre tenía para mí una palabra positiva, de aliento. “Nunca te dejes vencer”, me decía.

Aunque por fuera me proyectaba como la mujer fuerte que mis padres querían que fuera,  por dentro,  muy dentro aún vivía esa niña temerosa a los cambios, la insegura.

Sabía que siempre contaba con los consejos de mi madre.  Lo tenía todo. El campo fresco,  una finca inmensa,  una casa llena de amor.

Pero los años fueron pasando. Y un día me percaté que mis viejos no eran los mismos.  Eran cada vez más dependientes de mí.  Aunque me negara a aceptarlo, era así.

Recuerdo una llamada de madrugada.  Mi padre desesperado pues mi Rosita se había desmayado en el baño.  Incrédula le dije: “llama al doctor”. Pero de inmediato noté que sus reflejos no eran los mismos.

Así como estaba me monté en mi auto y manejé a tal velocidad que llegué a mi casa en Utuado en una hora,  desde San Juan.

Subí las escaleras desesperada y allí estaba. “Nati”, me dijo con los brazos abiertos. Como siempre la mujer fuerte se hizo cargo de todo. Llamé al doctor,  la asistí, los cuidé.

Y así, mes tras mes requirieron más de mis cuidados. Muchas veces me desesperaba pues éramos cuatro hermanos.  Pero la menor (yo) siempre resolvió.

Decidieron mudarse del terruño amado a un lugar desconocido,  aunque “más cerca” de mis hermanos mayores. 
Pero la menor siempre estuvo. Mi hermana también hizo malabares para ayudar.

Luego a mi padre le sobrevino un infarto.  Su estado era de gravedad. Mientras lo subían al área de intensivo. Justo a mi lado se encontraba un muchacho feliz, disfrutando el momento del nacimiento de su primogénito.

Yo lo observaba desde el piso,  donde me encontraba sentada. Estaba devastada,  sola en un hospital para nada familiar. 

En ese momento entra una llamada.  Era una amiga notificándome sobre el fallecimiento de otro gran amigo.  Un consejero que aún extraño y necesito. Lamenté no poder verlo,  pues me amarraron otras responsabilidades, las de la sangre.

Al poco tiempo mi madre tuvo una caída,  se encamó. Y luego un infarto masivo. Ya nada volvió a ser lo mismo.

Ambos requerían atenciones especializadas.   Estuvieron en hospitales distintos. Uno en el norte y el otro en el sur.

Prácticamente viví en el hospital con mi madre y mi hermana .  Ya el lugar se tornaba familiar.  Las enfermeras, los doctores, hasta los empleados de los pisos.

Mi padre estaba supuesto a estar acompañado por mis hermanos,  pero las visitas fueron fugaces.

Yo intenté auxiliarlo,  pero otras situaciones mantenían mi alma dividida.  Las fuerzas me traicionaron.

De repente, sin buscarlo,  un ángel llegó a mi vida.  Me acompañó en el momento más terrible, justo cuando,  de golpe,  me soltaron en el teléfono que mi papá había muerto.

Desfallecí. Caí en el suelo.  Y ahí estuvo Cecilio,  mi perro.  Trató de animarme, pero fue en vano. Mi corazón roto fue recogido del suelo por mi ángel.

Mi tarea no había terminado. Mi Rosita dependía de mí. Esa noticia no se la dijimos por su fragilidad.

Pasaron unos seis meses.  Como de costumbre, salía del hospital para ser reemplazada por mi hermana. Al otro día la llamada. 

La voz temblorosa de mi hermana que requería mi presencia.  No me lo dijo,  pero lo intuí. Tomé el volante  con la misma velocidad de aquella vez.

Mis hermanos estaban allí, lo que para mí fue una sorpresa, pues casi no se les veía por allí. Detrás mi hermana. Estuvo un rato a mi lado, no pude más y le pregunté.  Me dijo: “Si Nati, fue a las ocho de la mañana.  Se fue en un suspiro.  Yo estuve todo el tiempo con ella”.

Me invadió un sentimiento de culpa,  pues no había estado en ese momento con ambas. Preferí no ir a su cuarto,  ¿para qué?   En realidad, no me atreví a cruzar el pasillo del hospital,  preferí recordarla como la última vez.

La noche anterior a la muerte de mi madre había sido mágica.  Como de costumbre,  estuve acostada a su lado,  la peinaba,  le leía poemas y pensamientos. Era como una niña indefensa.

Esa mañana ya no me esperaba con los brazos abiertos.  Con su “Nati, que bueno que llegaste”.  Ya no más palabras dulces,  aquellas que me motivaban a seguir adelante.  Ya no contaba con su sabiduría.  Con sus miradas que me leían sin tener que decir palabras.

A diez meses de su partida aún no me acostumbro.  Sigo esperando sus llamadas.  De repente también me levanto con el susto de que tengo que ir a verlos.  Ya no más “Nati”.

Los extraño.  Ambos se fueron muy pronto.  Siempre los recordaré por su cariño, solidaridad y bondad. Simplemente fueron los mejores. 

Sin embargo, mi madre era otra cosa,  fuera de este mundo. Con ella tuve una conexión que rebasó lo espiritual.  No existen palabras para describirlo.

Lo maravilloso es que la sueño y me habla.  En el último me dijo que no quería verme triste,  que lo único que tenía de mí eran recuerdos bonitos.

Le dije: “Quiero estar donde tú estás”. Pero me respondió: “Aún no”.

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